
Sábado, por la tarde. Dolor de garganta. Nariz taponada. Malestar general. Es lo que se llama un fin de semana de puta madre.
Opciones:
¿Salir?: Los cojones. Eso solo empeoraría mi estado.
¿Ver capítulos de Battlestar Galáctica?: Los he visto todos, solo me queda la cuarta temporada que está descargándose en este momento por el utorrent…(eeerh…borren la última frase).
¿Jugar al wow?: Si es la mejor opción. Sé que después de varias horas farmeando voy a sentirme sucio, pero, es eso o la tele y ya sabemos cómo es la tele, de vez en cuando nos sueltan una noticia diciendo que los videojuegos trastornan la mente de los que los jugamos y acto seguido nos enchufan un programa en el que meten a alguien en una caja y lo torturan para regocijo de la audiencia. Por lo que a mí respecta, los señores programadores de televisión pueden meterse sus contenidos por el culo y de lado para que les duela mas.
Inicio el juego y ¡oh, sorpresa!, el parche o la primera parte del parche se empieza a descargar. Seguro que no es definitivo porque dudo que en apenas 600 megas esté todo lo que nos han prometido que traerá la versión 3.1 del juego, seguro que en una o dos semanas nos descargamos otro tanto más.
Cuando empiezo a prepararme para ir a Corona de Hielo a farmear plantitas y ver si me cae algún puto loto de escarcha ya que me estoy mosqueando porque hace tiempo que no me cae ninguno, veo que en la hermandad buscan gente para atacar las ciudades de la alianza. En torno a mi cabeza comienzan a girar los múltiples plasssseres que me proporcinaría esa aventura: logros, montura, violar alis… ¿Quién se puede resistir a eso?.

De pasajero en el sidecar de la moto del amigo Damasceno.
Saco pecho, doy un paso al frente y me presento voluntario para la misión, probablemente no volvamos, es una misión suicida, pero imagino el enorme frenesí que sentiré cuando empape mis armas con sangre de alianzos. ¡BANZAI!.
La primera ciudad que atacamos fue Forjaz, el maldito enano besó el suelo de su sala del trono antes de que pudiera terminar la frase “¡Pero que coj…” que pronunció cuando nos vio irrumpir en su chabolo. Hicimos portal y a por el siguiente, que no era otro que la zorrita esa que tienen por sumo sacerdotisa los abraza árboles de los elfos, esa que retozó un elfo que era la mitad alce y al mismo tiempo calentó tanto a Illidan que el dolor de huevos y la cornamenta que le estaba metiendo le llevó a arrancarse los ojos y pasarse a las filas de La legión ardiente.

Irrumpimos en su templo como una caterva sedienta de sangre de elfo y le curtimos el lomo.
El siguiente en la lista era el rey de Ventormenta, ese puto resentido. Desembarcamos en el puerto de esa ciudad de pijos y fuimos directamente a su sala del trono y allí nos esperaba, pero, ¡amijos míos!, los niñatos de la alianza habían calculado cual sería nuestro siguiente movimiento y allí nos estaban esperando un buen puñado de ellos recién llegados de Dalaran. (Si, a veces los niñatos de la alianza piensan, juntan un par de neuronas y sale una idea).

No pudo ser, así que decidimos posponer una nueva ofensiva para mas tarde. A la hora señalada allí estaba yo, con ganas de terminar lo que habíamos empezado. Reunimos la raid y le dimos una buena paliza al rey de los humanos y luego al Vidente ese al que siguen los draeneis. Y ¡E voila! Mi oso de guerra negro, con carta de Thrall incluida, ¡Que emoción! ¡Una carta del jefe! En ella me felicitaba por mis evidentes dotes para la crueldad, el sadismo e intolerancia hacia los alianzos. ¡Qué buen tío que es el Thrall y que bien se enrolla!. La carta la guardé de recuerdo y el oso para mi colección de monturas.

Si, es igual que el otro pero teñido de negro, pero a mí me mola. Así que, a cagar al valle.





